Emprender

Cuando ser cobarde no es una opción

Ahora, cuando lo cuento, me río. Te aseguro que en aquél entonces no tuvo ni puñetera gracia.

Tendría unos 19 años, y mientras estudiaba en la universidad alternaba dos trabajos de manera simultánea: uno era durante todo el año los fines de semana, dando clases de tenis en un club de Caldes de Montbui, y otro en un lavado de coches muy cerca de donde estaba antiguamente ubicada la fábrica de Mercedes Benz, en el Barrio del Buen Pastor en Barcelona.

En fin. Te ubico. En ese lavado de coches (ahora ya no existe) trabajábamos unas cuatro personas, dos en el tuno de la mañana y otras dos por la tarde. Todos jóvenes, de edades similares, aunque a nivel vivencial mis compañeros me llevaban una distancia de aquí a Australia. Hasta que me gané su confianza, para ellos no era más que el “pijo” enchufado (antes no entrabas a trabajar por referencias, era por enchufe, pero es lo mismo) que estaba todavía demasiado tierno para ir por la vida. Y tenían toda la razón.

Al grano. Solape de turnos entre mañana y tarde, entre las dos y las tres de una calurosa tarde de julio. Me dejaron solo haciendo el servicio mientras ellos charlaban en la oficina (una especie de garita). Me pongo al inicio del túnel y viene un coche. Era un Golf flamante de aquella época, un GTI, sucio pero nuevo. El tipo, del barrio, me dice: – chaval, lávamelo, y dale con el líquido ese que tenéis para las llantas que las quiero “burlonas”, que si te lo “curras” te doy propina-.

Soy de acción. Así que me puse a darle con el líquido antes de pasarlo por el túnel y meterle con la manguera a presión. Me esmeré. Incluso vi que tenía mosquitos en el frontal y empecé a rociarle líquido como si no hubiera un mañana mientras sonaba esta canción de los Pixies (muy apropiada para lo que pasó, por cierto). Una vez acabé, le di instrucciones para que lo entrara en el túnel.

Como me habían dejado solo (normalmente uno estaba al inicio del túnel y otro en la salida, secando el coche) una vez lo entré, di la vuelta al lavado para irme a la parte final, donde acaba el recorrido y el coche sale. Es como el antes y el después del teletienda. Entran sucios y salen limpios.

Y así fue. Pero no como esperaba. Mientras el coche salía yo seguía tarareando la canción y pensando en mis cosas, a saber qué en aquella época. Y ahora llega el momento. En cuanto veo asomar el coche por las últimas cortinas del lavado me doy cuenta de que el coche sale con manchas amarillas por todo su frontal como si fuera un leopardo. No me había dado cuenta y me animé en exceso con el líquido corrosivo de las llantas. En ese momento empecé a sudar, a pensar a través de mil imágenes qué podía hacer, si se lo decía o no se lo decía, cómo se lo diría a Alex (mi compañero encargado), como se lo tomaría el cliente. Mientras pensaba, yo seguía con mi bayeta secando y dándole a las manchas como si eso aún tuviera algún tipo de remedio.

El tipo bajó la ventanilla y dijo: – toma “neng”- Yo estiré mi brazo y me dejó unas cincuenta pesetas del momento como propina. En ese momento seguía sudando, me faltaba el aire y tenía la boca seca. Mientras me venían mil preguntas: ¿qué hago cogiendo la propina? ¿Qué me han enseñado en casa? ¿Cómo le puedo hacer esto a alguien que me trata bien? ¿Y si se entera el Jefe que, además, es un cliente de mi padre? ¿Me van a echar?

Cuando salió y giró a la izquierda sentí alivio, al mismo tiempo que sabía que eso no acababa ahí, que se daría cuenta y entonces …

Entonces, no habían pasado ni diez minutos que estaba acabando de secar un coche cuando veo aparecer al “leopardo con ruedas”. Ahí sí que sentí flojera en las piernas y antes de que aparcara llamé a Alex, mi encargado, para explicarle lo que había pasado. Entre que el cliente me vio tan afligido (casi llorando) y Alex que era un mago de la palabra y la persuasión, al final todo tuvo un final más o menos feliz. (La persuasión fue que el seguro de hacía cargo. No hay nada más persuasivo que una evidencia)

La moraleja de todo esto está muy clara ¿verdad? Puedes cagarla. Puedes cagarla bien y a lo grande. Pero no lo escondas, no te escondas, porque por tu cobardía los demás tienen que dar un plus muy grande para compensar todas las consecuencias de tus errores. Y, sobre todo, por favor, aprende de los errores. ¿crees que volví durante todo ese verano a crear más “leopardos con ruedas”? Te aseguro que NO.

Existen muchos beneficios para visibilizar los errores y no ocultarlos, entre ellos estos ocho:

  • Vas a crecer: errores son igual a oportunidades de aprendizaje. Aprender te lleva a mejorar como persona y como profesional.
  • Aumenta de confianza y autoestima: si los acepto y los visibilizo evito sentimientos de culpa y frustración asociados a valores de deshonestidad y poca transparencia.
  • Potenciar una mentalidad de resiliencia: enfrento y supero desafíos. Eso es entrenamiento para manejar las adversidades a futuro.
  • Mejoro mis habilidades: plantéate la pregunta ¿qué puedo aprender de esto? ¿qué tengo que tener en cuenta para que no pase? ¿qué necesito aprender o practicar para poner foco en resultado deseado?
  • Liderar por el ejemplo: fomento con mis comportamientos una cultura de transparencia.
  • Se genera un contexto de innovación y creatividad: no ocultamos errores y probamos cosas nuevas, experimentamos, nos sentimos libres de probar independientemente del resultado obtenido.
  • Reducimos costes: visibilizar y cuantificar el error ayuda a no volver a cometerlo (siempre que aprendas la lección, claro)
  • Aumenta el compromiso: si estoy en una cultura donde no se penaliza el error (como en mi lavado, que nadie me juzgó por errar y ni me echaron nada en cara) aumenta mis ganas de aportar valor e ir más allá de lo que se me pide.

Y ya que hablamos de lavados y de coches, en Toyota, por ejemplo, se implementa el principio de “Genchi Genbutsu”, que sería algo así como ir al origen del problema.

PD1. Tengo un libro que habla, entre otros temas, de No esconderse y ser auténtico.

PD2. Tenemos otro que habla de Ansiedad (como la que empecé a sentir al ver el coche con topos)

PD2. Y si no te gusta leer, puedes escribirme o llamarme. Fácil.

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